El orden internacional tras la COVID-19: estados más replegados y potencias más débiles

Anuario Internacional CIDOB 2020
Fecha de publicación: 06/2020
Autor:
Bruno Tertrais, director adjunto, Fondation pour la Recherche Stratégique (FRS)
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Si hiciéramos caso a las especulaciones futuristas expuestas en el cine, el mundo en el 2019 tendría que parecerse a la sociedad robotizada y crepuscular que nos dibuja Blade Runner (1982), o quizá al superpoblado y contaminado mundo de Soylent Green [Cuando el destino nos alcance, 1973], cuyo argumento transcurre en el 2022. Sin embargo, a comienzos del 2020, la película que mejor retrata nuestro mundo actual es Contagio (2011), en la que un virus desconocido se expande desde China al resto del mundo y provoca una pandemia global.

El virus del SARS-CoV-21 es ciertamente menos peligroso que el que describe Contagio. Sin embargo, tiene un componente igual de perverso, ya que se expande de manera “sigilosa”: tarda en mostrarse, puede ser asintomático, es tremendamente infeccioso debido a su gran “afinidad” a las células humanas, y en algunos casos, presenta un asolador pico virémico al final del período de incubación, que obliga a muchas hospitalizaciones de larga duración. La metáfora del “cisne negro”2 encaja perfectamente con el actual contexto: si bien la posibilidad de una pandemia a escala global había sido contemplada por los analistas en las dos últimas décadas, una que fuera de la enorme magnitud de la actual no era una de las hipótesis consideradas más probables. Es más, no era descabellado pensar que en el caso que se produjera, el sistema internacional actual sería capaz de combatirla de manera efectiva, como sucedió en el caso de otros coronavirus precedentes (el SARS-CoV o el MERS-CoV) o con los ribovirus de la gripe A (la gripe porcina H1N1 y la gripe aviar H5N1).

El efecto mariposa

El efecto mariposa de la pandemia ha sido desmesurado. Probablemente, el brote se originó en China, en un mercado de animales vivos, abarrotado en los días previos a la celebración del Año Nuevo Lunar, y se propagó por todo el planeta en cuestión de semanas.

Igual que ya hiciera la muerte negra (o peste bubónica) en el s. XIV –en aquella ocasión en la dirección contraria, desde Europa hacia Asia– la  epidemia se ha propagado a través de la Ruta de la Seda. Sin embargo, en esta ocasión la expansión de la covid-19 ha sido mucho más veloz, y por vía aérea: se ha extendido por el hemisferio norte en pocas semanas, afectando de forma severa a las regiones más envejecidas del mundo (Madrid tiene el récord europeo de esperanza de vida al nacer). Y mientras que a comienzos de abril de 2020, el mapa de expansión de la pandemia se solapaba con el de las rutas aéreas3 era de prever que a medida que avanzaran las semanas, su impacto sería aún más global, afectando del mismo modo directo y profundo a todos los continentes.

El escritor Nassim Nicholas Taleb, que ya nos había advertido de manera temprana del potencial dramático del SARS-CoV2, recuerda que “los sistemas complejos interconectados tienen algunos atributos que hacen que determinados acontecimientos se produzcan en cascada y fuera de control, produciendo resultados extremos”. Esta pandemia es la prueba de estrés perfecta para la sociedad global contemporánea y, debido a la naturaleza brutal y masiva de la misma, constituye una verdadera sorpresa estratégica, equiparable a la caída del Muro de Berlín en 1989 o la crisis financiera del 2008.

Estamos todavía muy lejos del final de la crisis4, y son muchas las incógnitas que siguen abiertas como, por ejemplo, de qué manera afrontarán la pandemia países como Rusia o India, o también, cual será su futuro impacto en África Subsahariana, que quizá podría resultar más resiliente de lo que podría pensarse a priori si finalmente se demuestra que las condiciones geográficas y climáticas son determinantes para la propagación del SARS-CoV-2 (Ver Mapa adjunto).

De momento, todo el mundo ve en esta crisis motivos suficientes para confirmar sus certezas o sus temores según el prisma de quien las interprete tanto en Oriente como en Occidente, tanto en la derecha como en la izquierda. Sin embargo, y con la prudencia necesaria, podemos extraer del conjunto algunas tendencias que parecen más probables que otras: el repliegue de la globalización; el declive del populismo –y sin embargo el éxito del soberanismo y la revancha de las fronteras–; el retorno con fuerza del poder público; el advenimiento de las sociedades de la vigilancia y la proliferación de las conductas aislacionistas; el riesgo de acciones políticas o militares oportunistas… Y también podemos apostar a que ningún polo de poder importante emergerá de la crisis como un Estado o modelo hegemónicos.

El repliegue de la globalización

Las grandes crisis actúan normalmente como aceleradores de tendencias, y esta no va a ser una excepción. Sin embargo, la ralentización de la globalización ya estaba teniendo lugar. El peso del comercio internacional respecto al Producto Interior Bruto (PIB) había empezado a caer (61% en el 2008, 59% en el 2018), así como el peso de la Inversión Extranjera Directa (IED) respecto al PIB (3,8% en el 2008; 1,4% en el 2018). Esto respondía en parte a la crisis financiera del 2008, pero también a algunas catástrofes que pusieron de manifiesto la vulnerabilidad de las economías (terremoto y tsunami de Japón en el 2011), y a acontecimientos posteriores, como al ascenso del nacionalismo y del proteccionismo, sumado al cambio tecnológico (la automatización hizo posible la repatriación de algunas industrias) y a la preocupación por el medio ambiente.

Es de prever que a corto plazo las empresas querrán recuperar sus márgenes de beneficio y continuarán por ello fabricando o abasteciéndose en Asia. A medio plazo, sin embargo, es probable que las cadenas de valor se reduzcan y que la producción “justo a tiempo” disminuya. La noción de “suministros estratégicos” se extenderá al ámbito de la salud (actualmente el 80% de los principios activos para la fabricación de medicinas se producen en China y en India). Y la resiliencia a los shocks internacionales será la nueva consigna de las políticas económicas. Tanto en Washington como en Beijing, los partidarios de desacoplar las economías de ambos países ya están viendo reforzadas sus posiciones. Es por ello que de los tres posibles escenarios de futuro esbozados por la inteligencia de Estados Unidos en el 2017 en su informe Global Trends 2035, parece que el de “Islas” (configuración de un mundo fragmentado) parece más probable que los dos restantes –el de “Órbitas” (competencia entre potencias) y el de “Comunidades” (predominio de la cooperación en un mundo hiperconectado). Y entre los aciertos del informe, vemos como uno de los factores que contribuían a generar el escenario de las “Islas” era la hipotética “Gran Pandemia del 2023”5.

Así, podemos afirmar que, del mismo modo que la peste bubónica del s. XIV no acabó con el tráfico marítimo, la crisis de la covid-19 no acabará con la globalización, y probablemente tendrá solo un impacto limitado sobre el tráfico aéreo. Contra lo que pudiera parecer hoy, una sociedad interconectada ofrece más ventajas que desventajas para la gestión de las epidemias: más puntos de vigilancia y de alerta; la posibilidad de la repatriación sanitaria; de ayuda internacional; de cooperación científica… No obstante, parece lógico que el tráfico y el consumo de animales salvajes se controlen de forma mucho más severa. Esta es la tercera vez en veinte años que surge un nuevo coronavirus de tipo beta (con salto entre especies) y ciertamente habrá más en el futuro.

El declive del populismo y el ascenso del soberanismo

Una de las posibles consecuencias de la crisis actual es que se estanque el populismo gubernamental, hasta ahora en ascenso, porque con la pandemia ha tomado cuerpo la desconfianza hacia los expertos y las instituciones. Esta desconfianza persistía ciertamente a comienzos de abril, como puso de manifiesto, por ejemplo, la polémica de la cloroquina en Francia –un fármaco contra la malaria que se rumoreó que podía ser efectivo contra la covid-19. Por otro lado, los costes humanos y financieros de la gestión política de la pandemia se prevén enormes en algunos casos y serán difíciles de ocultar. Un segundo factor que pudiera deshinchar el globo populista es que la mayoría de sus líderes –ante todo y más que nadie Donald Trump– han mostrado hasta ahora una incapacidad para ser sensibles a las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y para expresar la necesaria empatía. Naturalmente, este declive del populismo podría anularse si, por ejemplo, la gestión económica del período posterior a la crisis estuviera marcada por un retorno a la hiperinflación –alimentada por la expansión monetaria y el incremento en los precios de las mercancías ahora manufacturadas en el territorio nacional–, lo que daría lugar a desórdenes sociales que probablemente alimentarían la emergencia de una “segunda oleada” populista.

Por contra, el soberanismo apunta a ser uno de los grandes beneficiados de la crisis, favorecido por lo que el politólogo Ivan Krastev ha llamado la “mística de las fronteras”. Igual que el sector sanitario, la agricultura se beneficiará también de la deslocalización. A la luz de las crisis de la primera y la segunda décadas del siglo xxi, las sociedades nacionales tenderán a replegarse y exigirán una mayor protección frente a las amenazas externas en el sentido más amplio del término: terrorismo, crisis financiera, inmigración ilegal, competencia comercial… Al afirmar que “hemos de recuperar el control” de la salud pública francesa, el presidente Emmanuel Macron tomó prestado, de manera sin duda inconsciente, uno de los argumentos que había abanderado la campaña del Brexit. ¿Asistiremos entonces al fin del “mundo sin fronteras” del 1990-2020? Es aún pronto para decirlo, aunque parece plausible que las fronteras se vuelvan aún más impenetrables para la emigración africana si, como intuían algunos epidemiólogos a comienzos de abril, el continente se convierte en un importante reservorio del SARS-CoV-2.

La revancha del Estado

Como en toda crisis de seguridad –guerra, terrorismo, epidemia…– es de esperar que se produzca un fortalecimiento del Estado, cuyo papel se verá intensificado tanto en su vertiente de control de la población como respecto a la intervención económica. Además de sostener la economía, las prioridades de los gobiernos en los próximos años serán obviamente la salud y la seguridad; y si todos los demás factores permanecen iguales, es probable que salgan perjudicados otros sectores como la educación y el medio ambiente.

Frente a la pandemia, incluso aquellas democracias más liberales –como Reino Unido y Holanda–, que inicialmente se vieron tentadas por el laissez-faire y apostaron por la resultante inmunidad de grupo, al cabo de unos meses han dado marcha atrás debido a las cifras alarmantes de la potencial letalidad que dicha estrategia podría conllevar (sirva de ejemplo la estimación de 250.000 muertos en e Reino Unido según el modelo predictivo del Imperial College).

¿Nos adentramos de manera ineludible en una época de autoritarismo digital (vigilancia, detección, represión…) y de sacrificio de las libertades individuales? El que ha sido siempre el sueño de las dictaduras ¿será implementado por las democracias? Resulta altamente probable que, como sucedió después del 11-S, la mayoría de la población acepte recortes sustanciales de sus libertades. Y en caso de un paralelo resurgir del yihadismo, ¿se establecerá una especie de “estado de emergencia permanente”, como el que desde un punto de vista legal impera en Israel desde 1948? ¿Viviremos todos en sociedades “israelizadas”?

La creciente implicación del Estado en la economía no implica necesariamente la derrota de los principales actores privados, especialmente de los del sector digital, como demuestra el éxito actual de los productos ofrecidos por el denominado GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft). Tampoco está claro que el éxito del soberanismo conlleve automáticamente la disminución de la cooperación internacional. Si bien las instituciones globales no han estado siempre a la altura (como por ejemplo la Organización Mundial de la Salud, cuya reacción ha sido unánimemente juzgada como demasiado lenta), otras, como el G20 o la Unión Europea (el Banco Central Europeo) han dado muestras de una capacidad infinitamente superior de responder mediante la cooperación internacional a los problemas económicos, que se dieron por ejemplo después de la crisis de 1929. Está por ver si las reacciones nacionales egoístas de las primeras semanas de la crisis –con una nueva guerra del petróleo, una ausencia de solidaridad interna en la UE, las abruptas decisiones de la administración Trump…– dejarán una marca indeleble. Con todo, es aún arriesgado apostar por un resurgir del multilateralismo.

Otra de las consecuencias polarizantes de la crisis es que si bien podría fortalecer aún más a los estados fuertes –incrementando el papel de las autoridades públicas–, también podría potencialmente debilitar aún más a los estados más frágiles. Pienso en particular en los países africanos cuyas economías se basan esencialmente en la exportación de sus recursos. Y con más razón cuando en los mercados petrolíferos se ha producido una crisis dentro de la crisis, un “doble contrashock petrolífero” desencadenado por Arabia Saudí y Rusia. En el caso de Riad y Moscú, ambos cuentan con gran cantidad de reservas de divisas que debería permitirles compensar la caída de ingresos. Sin embargo, tienen entre sus puntos débiles la enorme importancia del sector del petróleo en sus economías. En este juego, es posible que Rusia pueda resistir algo más –su presupuesto se basa en el precio del barril a unos 40 dólares, excepto en el caso de que emerja un descontento popular que reclame inversiones públicas. Más acuciante es el caso de Arabia Saudí, cuyo precio de cálculo es casi el doble.

Las consecuencias para otros países exportadores de energía pueden ser más graves, especialmente si quedan tocados de manera severa por la crisis sanitaria provocada por la covid-19. Pienso por ejemplo en los países productores de Asia Central, del Sudeste de Asia, de África, de América del Sur, y todavía más en los del Oriente Medio. ¿Cuáles serán las consecuencias para los estados frágiles (como Irak), los estados debilitados (Irán) o los estados inmersos en una revuelta política (Argelia)?

 ¿El éxito de la democracia semiautoritaria?

Casi inmediatamente después del estallido de la epidemia, se inició un debate sobre qué modelos políticos son los más adecuados para gestionar este tipo de crisis, y el autoritarismo chino ha sido señalado por algunos observadores como más capaz que las democracias occidentales para implementar un control efectivo de la sociedad.

Tras la covid-19, dicha creencia ya no resulta convincente. Han sido las democracias de Asia Oriental –Corea del Sur, Taiwán y Japón– las que mejor se han adaptado a la situación. Resulta tentador recurrir a explicaciones culturales: en estos lugares reina la disciplina y un sentido de comunidad que se impregna en las cuestiones de salud (por ejemplo: en caso de enfermedad, el hábito de emplear máscara facial para evitar contagiar al resto de la comunidad). Lo cierto es que son, precisamente estos estados, los que mejor aprendieron las lecciones de las epidemias virales de los últimos quince años. Y su carácter democrático no les ha impedido ser, cuando menos, tan eficientes como China –si bien es cierto que todos ellos cuentan con poblaciones más pequeñas y contaron con algunas semanas de decalage con China para asesorar una mejor toma de decisiones.

Surge pues una nueva cuestión: ¿qué modelo de Estado será percibido post hoc como el más eficiente? ¿Las economías centralizadas o, al contrario, aquellas que confieren un mayor grado de autonomía a sus componentes (regiones, estados federados)? A priori, podría parecer que la regionalización de las competencias sanitarias, por ejemplo, no facilita la toma rápida de decisiones y la homogeneidad política a nivel nacional. ¿Podrá ello conducir en EEUU a un incremento de los partidarios del “gobierno grande” tan denigrado en las últimas décadas? La experiencia parece sugerirnos todo lo contrario: gobernadores y alcaldes han demostrado a menudo ser capaces de tomar decisiones que, no en pocas ocasiones, han solventado las carencias del nivel federal, como la negación de la evidencia, la lentitud y la incoherencia.

Por todo ello, podemos concluir que la covid-19 será un test de legitimidad para todos los modelos de gobernanza estatal. ¿Significa esto que será la causa indirecta de nuevas revueltas o revoluciones? Probablemente no a corto plazo, pues durante varios meses las sociedades estarán demasiado débiles y preocupadas por cuándo será posible “volver a la vida normal”.

Hacia una era de individualismo digital

Después de la pandemia, cuando la mayoría de personas podrán por fin gozar de su recuperada libertad, habrá dos colectivos que por contra, verán reafirmadas sus opciones de vida y sus preferencias ideológicas, y que engrosaran su lista de seguidores: por un lado, los “supervivencialistas” y por otro los “colapsistas”. Lo que caracteriza a los primeros es su actitud paranoica. Muestra de ello es que la venta de armas y de municiones en Estados Unidos se ha triplicado a comienzos de abril del 2020 y es probable que aumente de un modo similar la construcción de los refugios personales. Por otra parte, los “colapsistas” son aquellos que ponen el acento de su discurso en el riesgo de un colapso global de la sociedad moderna y abogan por la autosuficiencia individual o comunitaria. Muchos de ellos también verán las medidas de protección y vigilancia que tomarán los estados en los próximos años como una validación de la “doctrina del shock” teorizada por Naomi Klein, según la cual, los grandes desastres son una oportunidad para el capitalismo para imponer nuevas restricciones o nuevas normas sociales. Un tercer grupo, más difuso, también ganará adeptos: el de los residentes en comunidades cerradas para grupos de población privilegiados. Contribuyendo al individualismo digital de las sociedades “imaginadas” por el cine enunciadas al principio, aumentará el porcentaje de la población de los países modernos que se integre cada vez más en el trabajo a distancia, la telemedicina, la educación online y las entregas a domicilio, que aumentarán significativamente. Por su parte, los países emergentes y menos desarrollados podrían experimentar un frenazo, al menos temporal, de la urbanización galopante (véase, en particular, el número considerable de “retornos al pueblo” que están teniendo lugar en Asia Meridional y en África Subsahariana).

Una crisis del Antropoceno

En la antigüedad (y todavía hoy en determinadas comunidades), las pandemias eran consideradas un castigo de Dios. Hoy, según el exministro francés Nicolas Hulot, son presumiblemente un “ultimátum de la naturaleza”. Muchos activistas confían en que la lucha contra el cambio climático pueda por fin abordarse seriamente después de la pandemia actual, aprovechando que los gobiernos están dando muestras de una capacidad sin precedentes de movilización contra un reto común. Lamentablemente, este no será el caso: si la lucha contra la covid-19 moviliza tantos recursos es porque sus efectos son inmediatos, visibles y trágicos para los individuos y para los estados. Es más, resulta incluso posible que las preocupaciones ambientales queden temporalmente en segundo plano ante el imperativo de reactivar la producción y el comercio. Y mucho más aún si esto coincide con una fuerte caída del precio del petróleo.

Recibiremos advertencias, por supuesto, acerca de posibles conexiones entre la pandemia y el cambio climático: hay, efectivamente, un temor recurrente a las posibles consecuencias epidemiológicas del derretimiento del permafrost, particularmente en el norte de Rusia. Sin embargo, estos temores cuentan con poca base científica, o en todo caso no existen aún evidencias empíricas que den motivos para una preocupación excesiva: a día de hoy, no existe prácticamente ningún estudio riguroso que concluya que pueden derivarse riesgos de salud severos de dicho derretimiento. Esto no significa que el ecologismo –en el sentido fundamental del término– no pueda regresar al primer plano, en particular, en lo relativo a la lucha contra la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales ya que sabemos especialmente desde la aparición del sida, que ambos fenómenos son parcialmente responsables de la propagación de nuevos virus hasta entonces desconocidos.

Hacia unas acciones estratégicas oportunistas

En abril del 2020, la llamada del secretario general de las Naciones Unidas António Guterres a un “alto el fuego general” parecía emular las “treguas de Dios” de la Edad Media. Y ciertamente, estamos asistiendo a un incremento significativo de las treguas de facto en determinadas zonas de guerra debido a los impactos de la pandemia (como la menor disponibilidad de efectivos humanos, la falta de acceso a la atención médica o la disrupción de las cadenas de suministro, etc.). Y también, como sucede a menudo durante los desastres, estamos siendo testigos de algunos signos de détente regional ­­–posiblemente temporal– como por ejemplo, entre Irán y determinados países del Golfo.

Las operaciones contra el terrorismo y las misiones para el mantenimiento de la paz tampoco han quedado al margen de la preocupación local por la situación sanitaria o del reto de movilizar recursos humanos para las misiones de seguridad en territorio nacional. Y lo mismo puede decirse acerca de las iniciativas de mediación internacionales, aunque solo sea por las dificultades logísticas que comportan.

En este contexto, podemos dar por descontado el oportunismo estratégico de determinados actores (siempre, naturalmente, que no se hayan visto ellos mismos debilitados por la crisis sanitaria), que buscarán sacar ventaja de la focalización de la comunidad internacional en la pandemia y de la reducción de la capacidad de intervención de los grandes estados, con el riesgo que ello comporta de creación de brechas estratégicas.

Pienso en los grupos terroristas, naturalmente, pero también en las organizaciones religiosas capaces de subsanar las carencias de los servicios públicos en los países frágiles y quién sabe si también, en algunas grandes potencias. ¿O acaso no hemos visto debates en la Casa Blanca sobre la conveniencia de emprender acciones militares para debilitar un poco más a Irán? Por lo que respecta a China y a Rusia, se están aprovechando –especialmente la primera– del desánimo de Europa para intensificar su propia propaganda. Dicho esto, un coup de force militar importante y visible que produzca una verdadera ruptura estratégica es más difícil de imaginar en este caso por los motivos más arriba mencionados.

El oportunismo también se manifiesta en la política doméstica, ya que algunos líderes se sentirán tentados a aprovechar que ahora el foco de atención de la comunidad internacional está depositado en la crisis sanitaria, para conducir reformas que de otro modo habrían sido criticadas: la reforma constitucional en Rusia, el restablecimiento del control en Arabia Saudí por parte de Mohamed bin Salman, la concentración del poder en Hungría (mediante la proclamación de un estado de emergencia sine die)… son tan solo el comienzo.

Las principales potencias: todas pierden

Ahora que el liderazgo estadounidense brilla por su ausencia, ningún otro polo de poder ha logrado reemplazar su papel preeminente y ningún otro polo emergerá a raíz de esta crisis.

En EEUU, la reelección del presidente Trump este otoño deberá sortear dos grandes obstáculos: el primero, su obvia incapacidad para abordar la crisis sanitaria; y el segundo, la emergencia de un candidato con experiencia y empatía en el Partido Demócrata (Joe Biden). Cabe decir a este respecto que el efecto movilizador que impera en los momentos de crisis deja aún sentir sus efectos, y que parece que el actual presidente está aún en condiciones de vencer. Podemos apostar que basará su campaña en los temas que atesora: acusar a China de estar en el origen de la crisis (lo que explica la insistencia de la administración en hablar del “virus chino”) y redoblar su promesa de más protección en las fronteras, hasta el punto de que la hipótesis del aislacionismo pueda volverse creíble. En cualquier caso será difícil que unos Estados Unidos cuya reacción ha sido caótica –lo que responde en parte a su estructura federal– y que podría, según ciertos modelos, registrar varios cientos de miles de muertos –una catástrofe humana sin precedentes en la historia moderna del país, con la excepción de la Segunda Guerra Mundial– puedan presentarse como ejemplares.

China, por su parte, fue el problema hasta que empezó a intentar ser parte de la solución a través de la ayuda internacional. Pese a sus numerosos esfuerzos, resulta dudoso que pueda surgir de esta crisis en una posición más ventajosa y ha demostrado carencias para capear una crisis para la que se la presuponía mejor preparada.

Después de su tardanza en gestionar la pandemia, de silenciar a quienes dieron inicialmente la alarma, de difundir una propaganda diplomática vergonzosa (que acusó a Estados Unidos de ser el “responsable de la introducción del virus”), y de envíos de mascarillas defectuosas y de tests inutilizables, parece difícil que China pueda restablecer su reputación internacional fácilmente, a no ser que sea la primera en dar con un tratamiento o una vacuna efectivos. Todo ello hace que la afirmación de Stephen Walt de que “La covid-19 acelerará el desplazamiento del poder y de la influencia desde Occidente a Oriente. La respuesta en Europa y en América ha sido lenta y caótica por comparación [con China, Corea del Sur y Singapur] empañando todavía más el aura de la “marca” occidental)”, quizá deba ser tenida, por lo menos durante un tiempo, entre enormes signos de interrogación.

Ciertamente, el comportamiento de Europa no ha sido mejor que el de Estados Unidos o el de China. Sabemos que las competencias de la Unión en materia de sanidad son muy limitadas. De todos modos, su reacción ha sido tardía, lo mismo que la solidaridad entre sus miembros. Existe el riesgo de que mañana algunos de sus acquis (Schengen, el  Reglamento General de Protección de Datos, etc.) desaparezcan o puedan quedar suspendidos. Sin embargo, el Banco Central Europeo (BCE) ha calibrado ya la magnitud del impacto económico de la pandemia y es de esperar que, una vez más, los peores augurios sobre la capacidad de la UE de sobrevivir estarán equivocados, como lo estuvieron durante la crisis del euro y durante la crisis migratoria.

Finalmente, siguen por rebelarse dos grandes incógnitas sobre los futuros equilibrios de poder internacional: ¿cómo lo habrá capeado India? ¿Y Rusia?

* Este artículo es una traducción revisada de una pieza del autor publicada originalmente en francés por la Fondation pour la Recherche Stratégique (FRS), en abril del 2020.

NOTAS

  1. N. del E.: En el presente artículo adoptamos la terminología propuesta por la Organización Mundial de la Salud y la Fundación del Español Urgente (FUNDÉU), que diferencia entre el virus (SARS-CoV-2) y la enfermedad (covid-19), precedida por un artículo femenino.
  2. N. del E.: La teoría del cisne negro desarrollada por el estadístico y ensayista de origen libanés Nassim Nicholas Taleb hace referencia a aquellos acontecimientos posibles, aunque muy improbables y tremendamente disruptivos, que tienen lugar de manera imprevista y que ponen a prueba la fragilidad o la robustez de los sistemas.
  3. Véase por ejemplo los mapas publicados por la Organización Internacional de la Aviación Civil (ICAO). Accesibles en línea. https://gis.icao.int
  4. N. del E.: Este artículo se incorporó a la producción del Anuario CIDOB a principios de abril del 2020
  5. Informe “Global Trends: Paradox of Progress, National Intelligence Council”. Accesible en el enlace: https://www.dni.gov/files/documents/nic/GT-Full-Report.pdf