Decálogo para una narrativa alternativa sobre las migraciones


¿Cómo hablar de inmigración en un contexto de creciente polarización? ¿Qué decir para evitar que los postulados de la extrema derecha se apropien del discurso? ¿Cómo ir más allá de los argumentos puramente reactivos? ¿Cómo explicar la complejidad sin perderse por el camino?
A modo de decálogo, a partir de diez afirmaciones, esta Nota Internacional aborda todas estas cuestiones. No ofrece recetas, pero sí recoge reflexiones, señala dilemas y apunta a posibles alternativas. Todo ello con el objetivo de pensar conjuntamente una cuestión tan fundamental –para todos y para nuestras democracias– como la forma en que queremos seguir hablando sobre inmigración.
Todo el mundo habla sobre la importancia de las narrativas, que no solo determinan cómo nombramos el mundo sino también cómo respondemos a él. Por un lado, están los grupos no hegemónicos, que desafían las narrativas dominantes como punto de partida para construir un mundo alternativo. Encontramos, por ejemplo, a los movimientos feministas o poscoloniales, que intentan sustituir los postulados androcéntricos o las ontologías del Norte Global por otras formas de saber. Por el otro lado, están los gobiernos y otros actores influyentes, que buscan en las narrativas una forma de justificar sus acciones y, con ello, consolidar su poder.
En el ámbito de las migraciones, esta deriva hacia lo narrativo es paralela a otra tendencia: mientras unos hablan mucho, otros lo hacen muy poco. No hay duda de que los partidos de extrema derecha se han apropiado del tema de la inmigración. Sus mensajes son simples, pero insistentes, están por todas partes, en las redes sociales y también en los medios de comunicación. De extremas derechas hay muchas, dentro de Europa y en cada país. Pero si en algo están de acuerdo todas ellas es en su narrativa antiinmigración. Esto es el punto que las une y, según Cas Mudde, su principal palanca para el éxito.
Mientras la extrema derecha domina la conversación, arrastrando a los partidos de centro y de la derecha tradicional, el resto tiende a permanecer en silencio. La inmigración ha sido históricamente una cuestión incómoda. Ya lo decía Gary Freeman a finales de la década de 1970: «aceptar diferencias de trato y de derechos, así como episodios de conflicto racial, es contrario a la propia esencia de las democracias liberales». En ese momento, el silencio se escondía bajo grandes consensos. Pero cuando estos consensos han saltado por los aires, ese mismo silencio se ha vuelto ensordecedor. Es un silencio hecho de lo no dicho, de respuestas reactivas o de eslóganes vacíos.
Al final, la sensación es de desorientación y, si en algo hay consenso , es en la necesidad de inventar nuevas palabras para un mundo nuevo. ¿Cómo hablar de inmigración sin terminar asumiendo postulados de la extrema derecha? En un mundo polarizado, donde solo se entiende la confrontación, ¿cómo abordar la complejidad y no perderse por el camino? ¿Qué decir para que no se acabe reproduciendo un discurso negativo y a menudo desesperanzador sobre un mundo que parece moverse por inercia, empujado por unas fuerzas mucho más poderosas que los propios estados? ¿Cómo ofrecer datos e intentar contextualizar sin deshumanizar las vidas de quienes están detrás?
Esta Nota Internacional pretende abordar todas estas cuestiones. Lo que la hace necesaria es esta sensación de desconcierto generalizado. Lo que la hace posible son tres años de investigación e intensos debates en el marco del BRIDGES (2021-24), un proyecto financiado por la Comisión Europea y que ha agrupado 13 instituciones (10 académicas) de ocho países europeos. BRIDGES tenía como objetivo entender por qué ciertas narrativas acaban siendo más convincentes que otras. En particular, queríamos saber hasta qué punto y cómo el éxito de una narrativa depende de qué y cómo se dice, por quién y a quién, dónde y cuándo.
Aunque bebe del proyecto BRIDGES, este texto no es un resumen de sus resultados, que ya fueron publicados en su momento. Tampoco es un decálogo de recetas y, mucho menos, de mandamientos. Ello sería una tarea imposible. A partir de diez afirmaciones, recoge reflexiones, identifica limitaciones, señala dilemas y apunta hacia dónde podría ir la alternativa. Son pensamientos para compartir, con la intención de seguir reflexionando conjuntamente sobre una cuestión tan fundamental –para todos y para nuestras democracias– como la forma en que queremos seguir hablando de la inmigración.
1. El contenido de la narrativa debe ser coherente con la realidad
Los relatos que convencen son aquellos que resuenan de una manera u otra con la experiencia propia. De nada sirve que insistamos en que la economía va bien si la experiencia de muchos ciudadanos es que cada vez es más difícil llegar a fin de mes. Tampoco tiene sentido que repitamos que la inmigración es sinónimo de oportunidades y riqueza en sitios donde la precariedad y la exclusión se han convertido en un problema diario. Para ser convincente, primero hay que escuchar. Esto implica tomar en cuenta la perspectiva de aquellos a quienes hablamos, incorporándolos como actores fundamentales en la discusión.
BRIDGES confirma esta necesidad de coherencia con la realidad a partir de un estudio coordinado por Trauner y Brekke sobre las campañas informativas financiadas por la Unión Europea (UE) en Gambia y Turquía. El propósito de estas campañas es desincentivar la inmigración hacia Europa con tres argumentos: primero, en los países de origen también hay oportunidades; segundo, el viaje es peligroso y, tercero, en Europa todo es mucho más difícil de lo que imaginan. A pesar de que la financiación de estas campañas ha ido incrementándose, el impacto ha sido limitado, precisamente porque estos mensajes no se corresponden ni con la experiencia personal de los potenciales migrantes en los países de origen, ni con lo que les cuentan amigos y conocidos que han emigrado a Europa, directamente o a través de las redes sociales. La falta de correspondencia y, en última instancia, de escucha, es la causa fundamental de su fracaso.
En cambio, ¿por qué resuenan las narrativas de los partidos de extrema derecha? Porque identifican malestares reales que, a menudo, no son reconocidos por las demás fuerzas políticas. Por ejemplo, apuntan a problemas de acceso a los servicios públicos o hablan a los que se sienten abandonados por el Estado. Su éxito reside justamente en apelar a esa experiencia. Sin embargo, la correspondencia con la realidad desaparece en el momento en que presentan la explicación. Ante problemas complejos dan soluciones simples. Si lo que dicen es cierto o no, o si sus políticas consiguen lo que se proponen, es lo de menos. Tal como señalan Krastev y Leonard, los votantes de extrema derecha –en comparación con los votantes de partidos de izquierdas– tienden a ser mucho más inmunes a la discrepancia entre propuestas y resultados. Para estos partidos, la cuestión no es buscar la correspondencia con la realidad sino, sobre todo, aparentarla.
2. Hay que hablar de inmigración, aunque no siempre
Faltan explicaciones sobre cuestiones relacionadas con la inmigración. Esto tiene que ver con esa incomodidad y silencios de los que hablábamos antes. También es consecuencia de la inmediatez de los debates, que aparecen y desaparecen de la agenda al ritmo de los acontecimientos o intervenciones por parte de determinados actores. El problema es que, sin explicaciones, es fácil acabar confundiendo las causas. Por ejemplo, a finales de la década de 1970, muchos trabajadores de origen migrante en países del norte de Europa quedaron desempleados. La razón fue sencilla: eran trabajadores de un sector industrial que se había deslocalizado años antes a raíz de la crisis económica de 1973. No estaban, pues, desocupados en tanto que inmigrantes, sino en tanto que trabajadores industriales de una industria desaparecida.
Pero para explicar hay que conocer. En este sentido, es importante que los actores políticos y sociales implicados hablen desde el conocimiento profundo y de larga duración. No ayuda el hecho de que, en muchas ocasiones, los representantes políticos aterricen en este ámbito de un día para otro, con poco conocimiento previo y sin continuidad posterior. En esta cuestión también es importante el papel (o el no papel) del mundo académico. Como señala Hein de Haas en su libro sobre los mitos de la inmigración, sorprende el volumen ingente y creciente de estudios sobre inmigración –la mayoría financiados con dinero público– y la falta sistemática de transferencia de todo este conocimiento a la arena política y pública.
Si bien debemos hablar más de inmigración, no siempre es conveniente ni necesario. A partir de un análisis de las narrativas europeas, en el marco del proyecto BRIDGES, Barana, Vigneri y Daga concluyen que las narrativas más convincentes a menudo son las que no hablan de inmigración. Esto quedó claro en 2022, con la llegada de millones de refugiados ucranianos a la UE. A diferencia de 2015, no se habló de «crisis migratoria» y sí, en cambio, su llegada se presentó como el resultado de una guerra que nos atañía a todos. Pasando a otro nivel, a veces es más fácil ponerse de acuerdo cuando hablamos sobre exclusión social, pobreza infantil o acceso a la vivienda que cuando lo hacemos sobre inmigración, pues el propio término acaba poniendo el foco y el problema en los que son percibidos como Otros.
3. Las narrativas tienen también un componente emocional
Es bien sabido que las narrativas incluyen tanto argumentos causales como elementos emocionales y normativos. En este sentido, su capacidad de convencer depende no solo de su coherencia con experiencias y percepciones, sino también de su capacidad de apelar a emociones y sentimientos. Cada vez se habla más del poder de transformación de los relatos testimoniales o el storytelling. Basándose en metodologías experimentales y desde la psicología social, el estudio de Pizarro, Igartua y Benet-Martínez, también en el marco del BRIDGES, confirma esta premisa: las historias personales que describen situaciones de discriminación o adversidad, pero también de superación, provocan identificación y empatía en los oyentes y, con ello, pueden acabar cambiando actitudes y comportamientos.
Partiendo de ahí, la organización PorCausa desarrolló, también para el BRIDGES, una guía práctica dirigida a organizaciones de la sociedad civil sobre cómo construir narrativas alternativas sobre inmigración. PorCausa propone salir del marco narrativo dominante y evitar los argumentos reactivos, dejar de asumir la distinción casi omnipresente entre el Nosotros y el Ellos y superar los discursos que hablan de las causas de la inmigración en abstracto o de los derechos humanos como bien supremo. Según la organización, tales discursos ya no funcionan. Desde su perspectiva, la alternativa pasa por apelar directamente a las emociones, a aquello que nos une, abordando también los miedos para que todo el mundo se sienta escuchado y proponiendo alternativas desde lo concreto y local, que es desde donde cada uno puede asumir su responsabilidad.
Sin embargo, si bien no hay duda de que todo ello es fundamental, el recurso a las emociones y a las narrativas testimoniales también tiene sus riesgos. Primero, una historia personal también puede ser malinterpretada. Tal como señala Caracciolo en el marco del proyecto Opportunities, la anécdota puede ser convertida en norma, instrumentalizando una experiencia individual, que además en cualquier momento podría ser revertida por otra historia personal. Segundo, las historias personales también pueden acabar reforzando ciertos estereotipos, por ejemplo, señalando a unos como víctimas (acostumbran a ser mujeres), a otros como héroes (normalmente hombres) y al resto, en contraposición, como no merecedores de nuestra compasión o admiración y, por lo tanto, consideración. Tercero, quedarse solo al nivel de la narrativa testimonial dificulta esas explicaciones más contextuales que –como decíamos antes– también son fundamentales para entender dónde estamos y por qué.
4. El cómo es tan importante como el qué
Nadie duda que la forma del mensaje es tan importante como su contenido. Desde distintas disciplinas, la literatura académica ha señalado que las narrativas más exitosas son aquellas que mantienen cierta ambigüedad para facilitar así el encaje con diversos públicos, que son capaces de circular en distintos contextos (medios de comunicación, redes sociales, ámbito político), que desarrollan el argumento a partir de historias más que con datos o que son capaces de mantener cierta consistencia y repetición en el tiempo.
Sobre esta cuestión y en la misma línea, el estudio de Maneri, como parte de BRIDGES, concluye que las estrategias de los partidos de extrema derecha son mucho más exitosas que las del resto de partidos políticos justamente por su capacidad organizativa y de financiación, así como por su persistencia y coherencia en el mensaje, su rapidez en saltar sobre determinados acontecimientos o informaciones, y convertirlos en una ventana de oportunidad para marcar el debate y transformar las narrativas dominantes. Al otro extremo, están los movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil, que a menudo no tienen los recursos necesarios para mantenerse en el debate. La alternativa, tal y como señalan Rheindorf y Vollmer también en el contexto de BRIDGES, pasa por aliarse con organizaciones similares u otros actores y, con ello, asegurar esa consistencia y persistencia de la que a menudo carecen.
Dejando de lado la evidencia académica, el sociólogo y activista por los derechos humanos William Du Bois señalaba en su obra clásica Las almas del pueblo negro (1903)[1], que una manera de conseguir la libertad e igualdad para los afroamericanos era «hablar y escribir» para «intentar convencer a los otros». Era fundamental, decía, usar un lenguaje que ambos grupos (blancos y negros) entendieran, a veces con mensajes diferenciados pero convergentes que apelaran a los distintos patrones de pensamiento y emoción: simpatía y coherencia con sus propios principios en el caso de los blancos, lucha y emancipación en el de los negros. En resumen, se trataba de persuadir a ambos, pero sin complacer ni manipular, activando la agencia reflexiva, en busca de una identidad política compartida (la de ser estadounidense) en el horizonte de una humanidad única. Casi un siglo y medio después, estas palabras no pueden ser más actuales.
5. No todo es desintermediación y desinformación
A la complejidad del fenómeno migratorio, se suma la complejidad de los procesos de desintermediación y desinformación. Ya hace tiempo que se habla de una «crisis de credibilidad» de los narradores tradicionales: políticos, medios de comunicación y expertos, principalmente. A ello se suma la digitalización del espacio público y el efecto disruptivo de las redes sociales, que han multiplicado la producción de contenidos y, en muchos casos, conducido a una sobreexposición informativa plagada de noticias falsas o teorías conspirativas. Como señalan Innerarity y Colomina, el resultado ha sido doble: por un lado, la dificultad de discernir entre lo verdadero y lo falso y, por otro, el debilitamiento de la información y las narrativas compartidas, que son la condición imprescindible de todo debate democrático.
A pesar de estas tendencias, Maneri concluye que las redes sociales, más que introducir nuevas narrativas, replican las narrativas generadas previamente en los medios de comunicación tradicionales. Quien determina pues la agenda (de qué se habla) son los medios de comunicación, que al mismo tiempo están determinados por sus propias lógicas de funcionamiento. La primera es la lógica del click, que les obliga a atraer la atención, sobredimensionando a menudo la controversia y aquellos actores (como la extrema derecha) más polarizantes. La segunda lógica tiene que ver con el propio funcionamiento de las redacciones, con recursos cada vez más escasos y, por tanto, cada vez más alejadas del terreno. La tercera, en parte consecuencia de la anterior, es su tendencia a sobredimensionar la voz de los actores políticos. Tal como muestran Smellie y Boswell, también en BRIDGES, a mayor polarización, mayor es su presencia.
Esto último nos lleva a concluir que los actores políticos también son altamente responsables de cómo se habla sobre inmigración. Durante los disturbios raciales en el Reino Unido en verano de 2024, nadie dudó de que las redes sociales habían tenido un papel fundamental. Activistas de extrema derecha como Tommy Robinson (con más de 800.000 seguidores en X) habían llamado a la movilización, apuntando como culpables a los «invasores que masacran a nuestras hijas» o al islam definido como «un problema de salud mental». Sin embargo, tal como señaló en su momento Daniel Trilling, la «gasolina ideológica» de los disturbios provenía también de «fuentes más respetables». Eslóganes como «stop the boats» o propuestas de deportar solicitantes de asilo a Ruanda, todas ellas a cargo de gobiernos conservadores, fueron también responsables de la normalización de los discursos y actitudes xenófobas que echaron gasolina a los disturbios.
6. Los percibidos como Otros deben formar parte del debate
Las grandes ausentes en las narrativas dominantes sobre inmigración (en el debate público y político, pero también en los medios de comunicación) son las propias personas migradas o racializadas. Esto tiene un doble efecto: primero, la mirada sobre el fenómeno es parcial porque no incluye todas las partes implicadas; segundo, independientemente de si la narrativa es favorable o contraria a la inmigración, acostumbra a ser distante o deshumanizadora, con lo que pocas veces apela a la dimensión humana que hay detrás del fenómeno migratorio.
Incluir las voces de las personas migrantes implica ir más allá de citas descontextualizadas o historias reescritas por parte de un narrador externo. Tal como han señalado los proyectos Ithaca y Opportunities, son fundamentales los testimonios en primera persona para dejar constancia de su experiencia, pero también para revisar desde su perspectiva los relatos hegemónicos sobre la inmigración. Dicho de otra manera, lo que cuenta no es solo sus historias sino su mirada necesariamente diversa sobre un mundo que no puede ser más que diverso. Esto no quiere decir que los inmigrantes sean los únicos que pueden hablar sobre inmigración. La inmigración es un fenómeno que nos afecta a todos y, por lo tanto, solo se puede repensar conjuntamente, reflexionando también colectivamente qué mundo queremos para el mañana.
7. Hay que ir más allá de los que piensan como nosotros
No se convence hablando solo a los que ya piensan como nosotros. Se convence dirigiéndose a aquellos que no están convencidos pero podrían estarlo. Siendo una obviedad, sorprende lo poco que se practica: la mayoría de nosotros hablamos para públicos afines. Sin embargo, si analizamos la opinión pública, la mayoría de la ciudadanía europea tiene posiciones ambivalentes, es decir, la mayoría es susceptible de ser convencible por unos o por otros. Por ejemplo, las encuestas muestran que solo el 25% de los ciudadanos europeos expresan actitudes negativas hacia la inmigración. Tal como señala Dennison, la mayoría no ven como un problema la inmigración, sino la percepción de falta de control, muy directamente ligada al clima político y, a menudo, al (mal)funcionamiento de las políticas, tanto de gestión migratoria como en áreas afectadas por las migraciones (vivienda, sanidad, educación, por ejemplo).
Convencer a los otros, a los que no piensan como nosotros de antemano, implica repensar el lenguaje que utilizamos. Las jergas tecnocráticas, académicas o activistas acaban siendo excluyentes: sirven para construir comunidades complacientes hacia dentro, pero incomunicadas y, por lo tanto, irrelevantes hacia fuera. Convencer a los otros implica también escuchar y dialogar. Como decíamos antes, solo entendiendo desde donde hablan los otros podemos llegar a articular una narrativa que resuene desde su experiencia y valores y, por lo tanto, pueda ser convincente. Finalmente, ir más allá exige también estar presentes en distintos mundos y con distintos lenguajes, desde la literatura y el arte a las redes sociales, la producción audiovisual o los medios de comunicación alternativos.
La escucha y reconocimiento del Otro no solo es importante para convencerle, también es la condición fundamental para que el diálogo sea verdadero. Tal como recordaban Gebauer y Sommer en el marco del proyecto Opportunities, el diálogo en sociedades democráticas implica el reconocimiento por igual de todos las partes y, en consecuencia, la posibilidad de un resultado incierto donde podamos convencer y/o ser convencidos. Con otros términos, el sociólogo americano Richard Sennett afirmaba que una «sociedad civilizada» es aquella donde la gente siente que puede coexistir y tener un diálogo con personas que piensan distinto. No hay duda de que las burbujas creadas por las redes sociales y los procesos de desintermediación, de los cuales todos formamos parte, nos empujan justamente en la dirección contraria.
8. Ser visible no es sinónimo de ser convincente
Las narrativas más convincentes no son necesariamente las más visibles. Todo depende del para qué. Para los medios de comunicación y las redes sociales la visibilidad sí es importante, pues compiten entre ellos para atraer la atención de la audiencia, de lo que además depende su modelo de negocio. También lo es para los partidos políticos, especialmente en periodos electorales, cuando de lo que se trata es de obtener votos. En cambio, la visibilidad no siempre es buena acompañante en el ámbito de las políticas públicas. Ante un determinado problema, los análisis pausados, a puerta cerrada, sin grandes debates públicos y, por lo tanto, sin demasiada visibilidad, pueden ser mucho más eficaces a la hora de llegar a consensos y, con ello, diseñar e implementar determinadas políticas públicas.
De hecho, es bien sabido que la politización afecta nuestra capacidad de respuesta. El estudio de Smellie y Boswell para BRIDGES lo confirma. Cuando un tema se politiza, en el sentido de que adquiere centralidad y, al mismo tiempo, implica posiciones cada vez más polarizadas, las narrativas tienden a alejarse cada vez más de la realidad. En este contexto, la confrontación entre unos y otros en busca de atención se convierte en la cuestión central. Si lo que se dice es cierto o no, o si lo que se propone es capaz o no de transformar la realidad, es lo de menos. Así, los debates acaban convirtiéndose en puro ruido y las políticas en una simple gesticulación. Por ejemplo, la política europea de distribución de la responsabilidad de las solicitudes de asilo (bajo el sistema de Dublín, primero, y ahora como parte del Pacto Europeo de Migración y Asilo) resulta más de lógicas electoralistas en cada uno de los estados miembros que de la firme determinación de hacerla funcionar.
Es difícil decir cuál sería la receta para una narrativa responsable en un contexto de creciente politización. Sin que haya ninguna evidencia empírica al respecto, me atrevería a decir que la alternativa pasa por intentar cambiar el punto de partida y, si no es posible, por dejar que pase el ruido o mantenerse en un mundo paralelo desde el que tejer alianzas y construir consensos que permitan un día aterrizar el debate, a partir de evidencias y de un dialogo pausado entre los distintos actores implicados. Incluso en un contexto de ruido creciente, a veces ciertas políticas consiguen seguir su curso sin demasiada atención. Un ejemplo de ello son las políticas de regularización en España: a pesar de la creciente centralidad de la extrema derecha, a finales de 2024 se flexibilizaron las condiciones de regularización sin que hubiera grandes debates ni cuestionamientos.
9. Hay momentos que lo cambian todo
Las narrativas no beben de la nada, se alimentan de nuestra manera de ver el mundo y de explicarlo. Ante hechos que necesitan ser contados, las narrativas despliegan viejos argumentos, pero también introducen otros nuevos. De hecho, la literatura académica tiene claro que es en momentos de crisis cuando nuestra manera de nombrar el mundo es más susceptible de cambiar. Ante hechos que necesitan explicaciones urgentes, primero aparecen relatos contrapuestos que compiten entre sí. A medida que la crisis se va apaciguando y el tema pierde centralidad, el abanico de explicaciones se reduce hasta llegar a nuevos consensos. Pueden ser consensos que siguen narrativas anteriores o, por lo contrario, que representan un cambio de paradigma.
En los últimos años, los debates surgidos a raíz de los atentados yihadistas en Europa son un ejemplo de cómo operan las narrativas en momentos de shock. En Francia, los atentados llevaron al Estado a declararse en guerra contra el terrorismo, con nuevas operaciones militares hacia fuera y la declaración (e institucionalización a través de nuevas leyes) del estado de emergencia hacia dentro. En España, la interpretación y, por tanto, la respuesta fue radicalmente distinta. Los atentados en Madrid de 2004 llevaron a condenar la participación del Gobierno en la guerra de Irak y los de Barcelona de 2017 a una discusión sin fin sobre las competencias (y responsabilidades) entre el Gobierno central y autonómico. En este caso, las narrativas no hicieron sino seguir el curso de los debates anteriores. En Alemania, en cambio, los recientes atentados han llevado a un cambio radical de paradigma: ya no se habla de refugiados sino de la necesidad de acabar con la inmigración irregular. Aunque en muchos casos los atentados fueran perpetuados a título individual por individuos con graves problemas de salud mental, la discusión acabó yendo en otra dirección.
Si las crisis pueden ser momentos fundacionales para nuevas narrativas, ese primer momento de proliferación de explicaciones es crucial. No participar en él o llegar tarde puede significar perder la oportunidad. Una vez se ha establecido un nuevo consenso, que determina las preguntas de partida, los términos a utilizar y la definición del problema (por ejemplo, haciendo de un atentado individual un problema de inmigración irregular y no de salud mental), la posibilidad de revertirlo y cambiar el foco de la discusión es muy difícil. Esto nos lleva a otra conclusión fundamental: para ser convincentes, el cuándo hablamos o si permanecemos en silencio son fundamentales. En momentos de shock, cuando las explicaciones son urgentes y nuestra percepción de la realidad puede cambiar de un momento a otro, no se puede permanecer al margen.
10. Más allá de las narrativas, hay que transformar la realidad
Las narrativas parecen haberse convertido en la gran esperanza. Ante un mundo cada vez más complejo, cruzado por múltiples crisis, donde ni la ideología ni el conocimiento experto parecen servir ya de guía, las narrativas se han erigido como la gran alternativa. A más complejidad del mundo, más necesidad de nombrarlo. A más dificultad para cambiarlo, más búsqueda de narrativas para, al menos, cambiar nuestra mirada sobre él. Sin embargo, las narrativas no lo son todo ni pueden funcionar como refugio. En el ámbito de la inmigración esto es claro: la mejor manera de abordar los malestares en torno a la inmigración no es solo cambiando nuestra mirada sobre ella, sino abordando las causas de estos malestares con políticas públicas.
Decíamos antes que la mayor parte de la ciudadanía europea es favorable a la inmigración, pero que le preocupa la sensación de falta de control. Más allá de convencerla de lo contrario, la cuestión fundamental sería dejar de hacer de la inmigración un campo de disputa política constante y ponerse a hacer políticas. Escenificar el control con narrativas y políticas simbólicas para luego perderse en un sinfín de discusiones que paralizan cualquier medida para regular las migraciones y ofrecer condiciones dignas de recepción es la peor receta. Lo mismo podríamos decir con los servicios públicos y el estado del bienestar. Podemos realzar los aspectos positivos de la inmigración, pero tampoco debemos olvidar redimensionar los servicios públicos, ofrecer acceso a una vivienda digna para todos o acompañar a aquellos sectores que se sienten crecientemente olvidados por el Estado. En pocas palabras, y a modo de conclusión, transformar las narrativas es importante, pero de nada sirve si, al mismo tiempo, no se transforma también la realidad.
Nota:
1- Para un análisis en profundidad, véase el artículo de Cachón
Todas las publicaciones expresan las opiniones de sus autores/as y no reflejan necesariamente los puntos de vista de CIDOB o sus financiadores.
* Esta publicación ha recibido financiación de la Unión Europea del programa de innovación e investigación Horizonte 2020 en el marco del acuerdo de subvención No. 101004564. Su contenido es responsabilidad exclusiva de la autora y no refleja necesariamente las opiniones de la Unión Europea. La Comisión Europea y la Agencia Europea de Investigación no se hacen responsables del uso que pueda hacerse de la información contenida en la misma.
DOI: https://doi.org/10.24241/NotesInt.2025/315/es